Viajes en el tiempo

Con lo sucedido el 31 de diciembre del año 2008, puedo asegurar sin payasada alguna que los viajes en el tiempo son totalmente posibles. Ni siquiera precisé de complicada maquinaria del tamaño de un avión, me encontraba entre la almohada y la frazada.

Pasado el mediodía, la ansiedad me acechaba como de costumbre, esta vez, eran las ganas de ver al nuevo año sin tener que esperar aquellas horas. La única jarra de la casa estaba sobre la mesa, aquel poderoso y sabroso extracto de granadilla se veía tentador.  La tentación duró muy poco, ya que minutos después me encontraba con sueño y con el tercer vaso encima.

Viaje...

La idea de viajar en el tiempo había sido siempre un concepto que contemplaba en mis pensamientos, así como dar la vuelta al mundo en 80 días o ser el segundo hombre en pisar la Luna. Hasta que me acosté y oculté mi cabeza entre la almohada y la frazada, el tiempo seguía transcurriendo a paso de tortuga. Lo curioso fue lo que sucedió cuando me decidí a juntar los párpados de mis fatigados ojos y olvidar todo.

El viaje comenzaba en ese momento. Solo podía sentir la turbulencia, recién en los instantes siguientes logré mirar por las ventanillas. El cielo se veía realmente hermoso, lleno de hormigas rojas (de las que pican fuerte) y pájaros locos (los azules, que aman picotear ojos). Miré a mi alrededor en más de una ocasión, mejor dicho, cada vez que escuchaba los murmullos con voz de anciano. No había nadie, nadie bajo el asiento, ni atrás mío ni adelante. Tampoco a los costados. Viajaba en un avión de escasos colores -blanco y negro-.

Recién cuando la nave estabilizó el vuelo, logré encuadrar la realidad. Aquel anciano resultó ser el piloto, el que dirigía el viaje. Le grité muchas preguntas y no contestó ninguna. Pero cada vez que yo emitía una pregunta gritona, él tocaba la bocina y subía el volumen de la música.

—¿En donde aterrizaremos?— fue la primera pregunta que convertía en grito, hostigando a mi garganta para que el anciano escuche. La música, que sonaba a blues era puramente instrumental, sonaba más fuerte esta vez. No me preocupaba mucho ya que era todo lo contrario a un viaje en colectivo, donde la cachaca convertía a los descuidados asientos en pistas bailables de tamaño reducido.

—¿Quién es usted?— alcancé a gritar. De nuevo, la música sonaba más fuerte y seguía siendo agradable. Apenas podía escuchar la bocina, el sonido de la guitarra la suprimía. Pobre bocina.

La turbulencia había vuelto y en esta ocasión era más fuerte. Mágicamente y sin cinturón alguno, no salía disparado del asiento.

—Chico, vamos a llegar cuando yo quiera. No te preocupes.— exclamó el anciano a través de los altavoces. Fue la primera frase que logré comprender, lo que decía antes eran murmullos sin sentido a los que se sumaban la música y la bocina. Me tranquilicé.

—Los ancianos no son de viajar mucho. Este señor se cansará muy pronto y el agotamiento lo obligará a aterrizar o dormir en el volante.— pensé. Confiaba reciamente en la primera posibilidad. Aunque si el agotado anciano decidía tomar la siesta sobre el volante, trataría de resucitar mi experiencia con videojuegos de aviones.

Repentinamente sentí frío y mi rostro estaba helado. Aterrizaba mientras sorprendido miraba al reloj, "01/01/09" podía leer.
Salté de la cama y clavé un ojo en la ventana, el auto de mi abuelo se encontraba frente a casa. Él estaba sentado en la cocina. Sin saludarlo y con miedo de haber confundido un sueño con la realidad, decidí arriesgarme y agradecerle por el viaje.

—No hay de qué mi hijo. Alguna vez, cuando seas abuelo vas a poder ser el piloto.— me dijo.

No sé que pasó ese día, tuve un viaje con turbulencia. Cuando tengo ganas de viajar en el tiempo, oculto mi cabeza entre la almohada y la frazada. Me tomo jarras enteras de jugo de granadilla.

Ya no pasa nada, ya no escucho la música ni los murmullos extraños... El abuelo ya no está.

Deje el suyo...