Noche soleada

—Señor, esta noche soleada en verdad me relaja.— exclamó el burro Montoto que había pasado la noche en la hamaca, en manos de la brisa.

—¿Noche soleada? Pero eso es imposible.— respondí con sorpresa y con los ojos cerrados.

—Es posible señor. Pídale a sus ojos que echen un vistazo, ellos pueden confirmarlo así como hicieron los míos.— exclamó de nuevo con un tono de sabiduría, como el de mis padres cuando me hablaban de como no arruinar mi vida.

—Está bien Montoto, más vale que no sea este un disparate como los que suele idear cuando se encuentra entre el sueño y la realidad.— le advertí mientras trataba de separar mis párpados que se habían juntado en nombre del buen descanso unas horas antes.

Aquel rincón entre Narcisos y Azucenas era un buen lugar. Cuando uno se encuentra perdido en un pueblo desconocido, las esquinas son las mejores aliadas. Curiosamente este pueblo no tenía nombre, estaba repleto de esquinas y contaba con un hotel.

—¡Una noche soleada! Es así mismo como lo afirmaron tus ojos.— grité sorprendido. Yo dormía en el suelo, el burro Montoto siempre fue muy fino, razón por la cual me vi obligado a cederle la hamaca.

Cuando alcancé a levantar mi espalda del suelo, divisé varias hormigas. Estas recorrían mi cuerpo, posiblemente en busca de oro y plata. No sabía nada de hormigas en aquel entonces, sus patas me hacían cosquillas cada vez que pasaban por mis rodillas.

—Tenga cuidado con las hormigas señor. El propietario me comentó que cuando le pican a uno, pueden transmitirle una enfermedad.— me susurró Montoto, de nuevo con el tono de sabiduría que usaba para decirme cosas importantes.

—¿Una enfermedad? ¿Cuál?— le pregunté, algo curioso pero sin miedo. Eran simples hormigas.

—No tiene nombre, los otros burros del pueblo también me hablaron de ella. Simplemente la llaman "la enfermedad del pueblo"  ya que es el único mal que acecha después de décadas.— dijo Montoto.

Reflexioné unos minutos.

—También los burros, con sus fuertes defensas de burro, hablan de esa enfermedad. Debe ser peligrosa entonces.— pensé. Cuando abandonaba el paisaje de reflexión, una tenaz mandíbula de hormiga destrozaba la piel que cubre mi rodilla izquierda.

—¡Aaay! Perversa hormiga.— exclamé, casi levantándome del suelo, cosa que debí haber hecho en un principio. Montoto reía pero parecía preocupado, de todas maneras no hizo nada útil. Seguía desparramado en la hamaca.

La escena pintaba aceptable ya que no conté ninguna gota de sangre. Esto logró que sonría en mi mente por una fracción de segundo.

—Al menos no moriré desangrado Montoto.— dije, pensando ya en voz alta. Para que mi burro compañero escuche y sienta pena por mi.

—Está bien señor. Cuando muera, prometo que enterraré sus restos en alguna esquina de este pueblo, así podrá ver las noches soleadas todas las veces que quiera.— afirmó con gran velocidad, tuve que esforzarme para interpretar sus palabras correctamente.

—Espero que nadie se enoje, enterrar forasteros no es algo que uno ve con frecuencia.— agregó. Pensaba en el hotel, que por cierto no tenía nada, ni baño ni mucamas rubias.

—Yo no moriré Montoto, puedo asegurarlo. El mundo me necesita, si no, ya me hubiera enterrado hace rato, cuando andaba por el Chaco.— le respondí con toda sinceridad. Siempre pienso que el mundo me necesita, además, hasta ahora, no he fallado en mi rol de habitante: Tiro los desechos al basurero, solo hago mis necesidades en el baño (a diferencia del burro Montoto, que lo hace en cualquier baldío) y dejo propina a los meseros de los bares que visito.

Recordaba al Chaco, de donde venía yo. Debo mencionar también que a Montoto lo conocí por el camino cuando ya casi abandonaba el gran Chaco. Lo había encontrado moribundo sobre la carrocería de una lujosa camioneta aparentemente abandonada en medio de un paisaje desértico.

—Ya me he amargado suficiente en este pueblo, además eso de la enfermedad me parece un chiste. Será mejor continuar el trayecto.— le comenté mientras miraba mi rodilla algo inflamada. No parecía ser nada grave aunque la picadura ardía, cada vez más fuerte.

—Como usted diga señor. Le ruego que me deje descansar dos horas más, mientras puede ir juntando los bártulos.— me dijo con énfasis en lo de los bártulos. Junté los numerosos cachivaches que lleva uno cuando viaja sin destino en específico (libros, tabla de ajedrez, una biblia, pote de comida y un par de cantimploras de cuero). Hasta logré masticar las antiguas tortillas que llevaba en el pote, las había preparado mi madre mientras me regañaba por la repentina decisión de viajar. Al fin, había llegado la hora de partir.

Nuestros bolsillos estaban tan vacíos como las cantimploras que llevábamos encima, tuvimos que retirarnos silenciosamente, saltando la muralla. Cuando percibimos lo que parecía ser el grito de un dueño de hotel engañado, ya nos encontrábamos a metros de aquella esquina, pobre hombre. Yo, iba rengueando a causa de la picadura. El burro Montoto, sonreía con su clásica risa infame. Caminamos y caminamos hasta el amanecer cuando al fin mis anteojos oscuros me sirvieron para ignorar la radiante luz del sol.

—Señor, le ruego que me invite algo de comer. Las tortillas de su madre no me vendrían mal.— susurró Montoto, era la primera frase que escuchaba luego de varios kilómetros de sed, calor y silencio.

—¿Las tortillas? Me duele confesarte que me las he comido todas, tenían un sabor similar al caldo de sapo que probamos bajo aquel puente en Palma Loma. Es decir, el sabor era repugnante.— le respondí, orgulloso de haber acabado con el contenido del pote.

—Está bien, está bien señor. Es notable el descubrimiento que ha hecho, privarme del alimento tuvo su fruto.— dijo mi burro compañero.

—¿Fruto?— le pregunté, sin entender a qué se refería.

—Si si, ahora usted y yo sabemos que las tortillas de su madre no se añejan como un buen vino. Cuando alcancemos algún pueblo, le recomiendo que tome nota de tal descubrimiento.— dijo, al fin comprendía yo lo que decía. Estaba completamente de acuerdo, era un burro inteligente.

Seguía pensando en aquella comparación entre tortillas y vino, suponía que Montoto también.

—Señor, ¿qué opina de los orientales?— preguntó Montoto.

No me detuve a pensar demasiado tiempo y  respondí casi al instante. Aunque decidí ignorar el motivo de esa pregunta.

—Pues, son todos iguales. Creo que todos tienen los ojos estirados, los cuales me asustan mucho. Además, los idiomas que manejan son muy extraños.— le dije, mientras trataba de asociar las cosas como de costumbre: Tortillas, vinos y orientales.

—Pienso igual.— afirmaba Montoto, también lo hacía con la cabeza. Lo hizo más de dos veces, quién sabe qué cosas más afirmaba el burro. Durante todos esos kilómetros logré ahogar el dolor de la picadura, todos esos singulares temas de conversación habían funcionado para algo más. Ya no podría simplemente considerarlos como pérdida de tiempo.

Volví a la realidad cuando divisé pequeños edificios, le ruego que no piense en gigantescas y futurísticas infraestructuras como las que hay en la ciudad. Estos eran edificios de madera medianamente altos.

—No sé para qué construyen edificios tan altos. Cada vez hay más suicidios por culpa de construcciones como esta.— pensé, mirando a mi alrededor para asegurarme de que nadie anduviera escuchando mis desacertadas afirmaciones telepáticamente.

Este pueblo se veía acogedor, solo que varios metros antes de llegar un hombre sin canas, pero viejo, nos observaba con una cara no muy alegre. Fue esto lo que me hizo recordar el dolor de la picadura, como si aquel hombre hubiese pateado mi rodilla izquierda. Pronto nos acercamos y nos miramos frente a frente, como hacía mi madre cuando se miraba al espejo antes de ir a comprar los elementos necesarios para preparar tortillas.

—¡Bienvenidos sean! Este es un pueblo privado, solo pueden entrar aquellos afortunados que poseen invitación.— dijo el hombre sin necesidad de gestos, como una máquina.

—¿Cómo se llama este pueblo?— le preguntó velozmente Montoto. Yo también hubiese preguntado lo mismo, de nuevo el burro me ganó.

—No le puedo decir. Debe pagar para saber el nombre del pueblo, son veinte dólares americanos o debe entregar algún objeto de valor equivalente.— explicó el misterioso hombre.

Sigilosamente metía mis manos en el bolsillo. Primero en el izquierdo, luego en el derecho. Ya sabía que no había nada, pero usted sabe... Los milagros ocurren de vez en cuando. Esta vez no ocurrió milagro alguno, por lo que me acerque al hombre.

—Mire a este burro y dígame si vale lo suficiente.— le susurré en el oído. Solo quería saber cuanto valía un burro como Montoto.

—Entiendo. Vivo no vale mucho. Si le pego un tiro, vale como cien dólares americanos.— me respondió, también en el oído.

Le pedí al tiempo que se detenga un momento. En realidad necesitaba pensar, aquel pueblo parecía acogedor y exclusivo. Las ganas de quedarme en un lugar se apoderaron de mi y no me quedó otra respuesta.

—El burro es suyo. Haga lo que quiera con él, dígame el nombre del pueblo y negociaremos mi estadía.— le dije al oído con toda seriedad posible. El hombre sacó un revolver que llevaba oculto en alguna parte de su ropa. Montoto seguía con la mirada en alto, contando los pisos de cada edificio y yo, disimulaba no saber lo que sucedería.

Ya no tuve tiempo de arrepentirme de aquella terrible pero tentadora decisión. La bala simplemente viajó la corta distancia que había entre el revolver y la sien de mi burro compañero. Instantes después, se encontraba en el suelo, sin vida.

—Lo maté.— pensé pero decidí ignorar todo hasta conocer la respuesta del hombre.

—Pasemos a la oficina. Sólo le llevará un instante llenar el formulario con sus datos.— me dijo, esta vez en voz alta. Lo hizo con un tono amable.

Ingresé a la oficina. No sabía muy bien que hacer, dejaba que la situación fluya. Olvidé a Montoto un largo rato. El hombre colocó un breve formulario sobre el escritorio, antes de leerlo me quité los anteojos oscuros.

Repentinamente el hombre me arrancó el formulario de las manos. Me miró fijamente a los ojos, creo que con rabia.

—Hay un problema señor. Aquí no se admiten orientales de ningún tipo, es un reglamento que impuso el presidente hace ya un buen tiempo.— dijo.

—¿Orientales? Yo vengo de Paraguay, hace mucho tiempo que ando viajando de pueblo en pueblo. Hasta puedo mostrarle mi cédula de identidad.— le respondí muy nervioso. El pobre hombre dudaba de mi nacionalidad, me salió con un chiste de orientales.

—No hace falta. Nada más mire.— respondió. El hombre desenterraba un pequeño espejo del único cajón que tenía su escritorio. Lo puso frente a mi y no podía entender muy bien que sucedía.

—¿Ve?— me preguntó.

Mis ojos estaban estirados. Mi rostro lucía oriental ahora, era una pesadilla. Retrocedía el tiempo lentamente tratando de encontrar alguna respuesta al problema. Mis pies golpeaban el suelo y el hombre seguía mirándome.

—Creo saber lo que le sucede. Las picaduras de hormiga son terribles, ¿verdad?— concluyó.

Recuerdo aquella noche soleada junto a Montoto y las perversas hormigas. Mi rodilla izquierda ya se encontraba bien pero mi mente no. Seguía el trayecto junto a la soledad, ya que había matado a mi único amigo.

Muchas veces la tentación de pueblos como ese vuelve a tocar el timbre, ahora miro por el agujero de la puerta y permanezco oculto. Como cuando viene el cobrador.

Comentarios

Sari dice

Y fue en un dia estrellado que Don Matias Baruch hizo publicos sus cuentos y muchos opinaron y muchos vinieron a comentar y celebrar con chocolatitos de colores y camperas de recuerdo (?) jajja
Sale un brindis por esta y muchas historias mas hechas en madrugadas frescas Sr Baruch :)

Deje el suyo...