La vieja del pasto
Ella, estaba sentada sobre una vieja y arruinada silla, muy próxima a la mesa. Era una anciana, que decía ser mi abuela.
—¿Querés cocido o chocolatada?— me dijo con un tono amistoso, como si yo fuera en realidad su pariente.
—Yo quiero saber quién es usted.— le respondí, algo cortante.
Era de rostro pálido, tenía el pelo corto y en cada sonrisa uno podía notar los dientes que le faltaban. Por respeto, evité contarlos.
—Yo soy tu abuela.— repitió. Había dicho lo mismo cuando desperté sin saber en donde estaba. Estaba más que aterrorizado.
Me había percatado de que estaba bajo una mesa. Mi cuerpo se encontraba recostado en un colchón, la anciana me miraba desde arriba a través de un agujero en la redondeada mesa. Sonreía con demasiada frecuencia.
—¿Querés cocido o chocolotada?— repitió con el mismo tono amistoso. Parpadeaba con la misma frecuencia con la que sonreía, de hecho, cada vez que sonreía parpadeaba.
—Lo que usted quiera.— le respondí, tratando de seguirle el juego.
—Voy a prepararte cocido entonces mi hijo.— dijo amablemente mientras se levantaba de la silla. En eso, mis ojos buscaban alguna puerta para escapar. Aquella sala era una sala sin puertas.
—Entonces ¿cómo entró esta señora? ¿cómo entré yo? ¿ya no podré salir?— pensé, algo desesperado pero con ganas de tomar un buen cocido, en taza y probablemente escuchando las noticias en la radio. En unos segundos la anciana volvió a sentarse.
—Acá tenés.— dijo. Me pasó la taza, tal vez tenía algún sedante, veneno o alucinógeno. La tomé. Era una taza con manija.
—¿No querés galleta? ¿Coquito?— me preguntó.
—Nada de eso, en realidad quiero saber quien es usted.— volví a preguntar. Seguía sosteniendo la taza, estaba caliente.
—Yo soy tu abuela mi hijo.— respondió, afirmando una mentira.
El primer sorbo del cocido fue inevitable. Era rico, como el que hacía mi abuela.
—No es posible. ¿Cuántos años tiene usted?— le pregunté mientras alcanzaba rápidamente el tercer sorbo de aquella taza con manija que contenía lo que parecía ser el cocido original, el de mi abuela original.
—Muchos. ¿Cómo anda tu mamá?— me preguntó, sin haber contestado correctamente a mi pregunta.
Escapar sería difícil, al menos el colchón era cómodo y el cocido, rico.
—Ella anda bien. Siempre trabajando.— respondí sin dar detalles. Una respuesta genérica.
Mis ojos exploraban la sala, me aterraba el machete que se encontraba junto a la puerta. También la escoba que estaba recostada por la pared, muy cerca del sillón. La anciana podía matarme a machetazos o a escobazos.
—Me alegro. ¿Querés más cocido?— dijo. Mi corazón latía con más frecuencia, llevamos varios años juntos pero aún no lo conozco bien. En los dibujos animados suele ser rojo, me gustaría que mi corazón sea blanco. Suele actuar raro, la única señal que reconozco es que ante el peligro y la sorpresa late más fuerte, como insistiendo a que salga corriendo, a que sonría o escape.
—No, es asqueroso.— le dije para comprobar su reacción. Ninguna abuela, por más falsa que sea, tolera a nietos mal educados. Corría el riesgo de un reproche o de morir (a machetazos o escobazos).
—¿No querés galleta? ¿Coquito?— repitió sin reacción alguna ante las palabras de un nieto mal educado.
—No. Es suficiente con el cocido asqueroso.— exclamé. Mirándola a los ojos, a través del agujero de la mesa.
—¡Sos un mita'i malcriado!— gritó, saltando de la silla en la que se sentaba. Cerré los ojos, asustado. La reacción fue peor de lo que imaginaba, mucho peor.
—Disculpe.— dije, muy despacio. Esperaba a que se tranquilice.
La anciana volvió a sentarse, de nuevo, sonreía como si no hubiera pasado nada.
—Fabián, ¿no querés ver la tele?— preguntó. Sentí que ese era el momento para salir corriendo, a falta de puertas podía escapar por alguna ventana. Podía tirarme a algún pozo o gritar hasta que alguna otra persona me escuche.
—Yo no soy Fabián. Soy Matías.— le grité. Su sonrisa desapareció rápidamente, uno de los gritos más fuertes que escuché en mi vida fue capturado por mis oídos. Estos se asustaron más que yo. Un escobazo me lanzó al vacío, a un pozo gigante. Cerré los ojos.
Instantes después, el pasto rozaba mis brazos que se encontraban algo doloridos. Creía que la caída me dejaría sin huesos, no fue así.
Quedé sorprendido, cuando vi a una decena de niños. Algunos dormían, otros hablaban. Desde arriba, la anciana nos miraba con su permanente sonrisa.
—¿Quieren cocido o chocolatada?— gritó, el eco hacía que imagine a un par de ancianas más.
Este pozo era muy profundo, tenía dos sillones, un televisor gigante y un baño. La decena de niños me miraba fijamente. Era un completo desconocido para todos ellos.
Cuando vaya a esperar colectivo, no pise la vereda de esta señora. No caiga en el mismo pozo en el que caí yo. Tenga cuidado con la vieja del pasto.
Comentarios
raul the ultra vio-lence dice
max siro dice
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