Esquinas

Aquella mañana era tan fría como las anteriores. El sol me vigilaba, me miraba con atención. Yo ya no recordaba el camino, tampoco los nombres de las calles. Sólo recordaba las esquinas.

Miraba a mi alrededor y no veía nada interesante. El chino seguía en el río, sentado en su bote con su improvisada caña de pescar entre las manos. No estaba muerto como afirmaban los otros pescadores, este me saludaba casi todas las mañanas. Igual, lo ignoraba.

Debía llegar a casa sin saber direcciones ni calles. Como mencioné al principio, solo conocía las esquinas.

Cruzar la primera esquina era fácil, tan fácil como pescar el pez más grande en aquel extraño río (en el cual solo nadaban peces grandes). Ignoré los detalles ya que no había nadie. Todas las puertas estaban cerradas con llave.

La segunda esquina era misteriosa, tan misteriosa como el chino que no podía pescar. Él, llevaba años sentado en el mismo bote, con la misma caña de pescar. Años de hambre.

—¿Por dónde entraba la gente? ¿Por dónde salía?— me preguntaba al notar la ausencia de puertas en la esquina entera.

Las ventanas no estaban empañadas, por lo que pude mirar lo que sucedía en cada casa, lo que veían en la televisión, lo que escribían y hasta oler lo que cocinaban. Todas las familias estaban incompletas, algunas no tenían padre y otras no tenían madre. Este paseo fue breve, nadie había notado mi presencia.

Seguí mi camino hasta alcanzar la tercera esquina, la última. Esta era la más peligrosa, más de cien lobos me miraban fijamente como cuando jugaba en el bosque años atrás. Me mostraban sus filosos y amarillos dientes que no cepillaban jamás. Ignoraba si aún llevaba los zapatos puestos, ya que en esta esquina uno debe correr a una velocidad próxima a la de la luz o el viento.

Metros después, sentía que las espinas clavaban mis pies. Ignoraba las profundas heridas pero a cada paso miraba atrás y veía las pisadas rojas que iba dejando. Un grupo de lágrimas tristes conversaban en mis párpados como los paracaidistas cuando están a punto de saltar.
No quería que mis lágrimas caigan, no quería que nadie las pise. Me movilicé varios metros con los ojos cerrados hasta sentir un aire familiar, al fin me encontraba frente a mi casa. Cuando miré atrás, descubrí que todo el esfuerzo había sido en vano.

Tres de los cien lobos, pisoteaban mis lágrimas, las que sin darme cuenta dejé caer en el camino. Ellas se sentían mal, se sentían destruidas. Ninguna podía llorar, las lágrimas no lloran.

—Nosotros sí.— me dijo mi tío cuando abrió la puerta.

Deje el suyo...