Día de locos
Miré al plato y el huevo frito ya no estaba. Conté los arroces y solo quedaban tres.
—Este es un día de locos.— me dije, mientras volvía a contar los arroces para estar seguro.
En ese momento algo me recordó que estaba en Uruguay, el pueblo llevaba un nombre que no recuerdo muy bien, pues no soy bueno recordando nombres de pueblos. Igual, puedo afirmar que mi memoria es de las buenas, recuerda a las personas, los detalles, muchas veces hasta el número de chapa de los vehículos que veo pasar.
La casa en la que estábamos olía a hotel. Era el hotel más lindo que había conocido, tenía una decena de placas de calefacción por las paredes. Estaban en casi todas, recuerdo también a la chimenea, era una chimenea seria. Mi primo es el que había quedado fascinado por ella, le tiraba leña siempre que podía. Hacía su mejor esfuerzo.
El muchacho uruguayo que convivía con nosotros se llamaba Mauricio, era menor que yo. Siempre lo notaba acelerado, tenía mucha energía. Hasta ahora me pregunto como hacía para dormir por las noches, curiosamente dormía más temprano que yo.
En aquella ocasión prácticamente nos había obligado a que salgamos a recorrer el barrio con él. Recuerdo que salimos afuera, yo llevaba la campera que llevo siempre que hace frío, es una roja. Si usted cree que me conoce, debe conocer a mi campera también. De lo contrario, puede considerarse un desconocido.
Antes de buscar la hora en el reloj (en el caso de que tuviera un reloj abrazado a mi muñeca o lo llevara en uno de mis bolsillos, ambos casos muy improbables) veía a una manada de enanos uruguayos que se acercaban y nos rodeaban como si fueran hormigas. Rememoro imágenes de muchísimos años atrás, al grillo lo había descuartizado con mis sandalias, esperaba ansioso a las hormigas que debían devorarlo por completo. Mientras miraba sorprendido con la mirada fija. Había descubierto un comportamiento un poco extraño, mis ojos parpadean muy poco al espectar escenas interesantes como era esa. Solo retoman su frecuencia de parpadeo cuando ven telenovelas, a causa del aburrimiento.
Por un momento olvidé lo de los enanos uruguayos... La mayoría medía la mitad de mi estatura, debía realizar un esfuerzo mayúsculo para observarlos. Me sentía como un gigante que pisa tierras desconocidas.
Mauricio, nuestro guía, parecía ser amigo de los enanos.
—Hola muchachos. ¿Qué hay de nuevo?— les dijo Mauricio, con un tono cálido pero muy uruguayo.
—¡Te vamos a partir la jeta!— exclamó uno de ellos. Este tenía pelo largo, por un segundo hablé conmigo mismo. Analicé su rostro como hacía Terminator cuando entraba al bar aquella noche, concluí que se llamaba Chuqui, tenía cara de Chuqui...
Ni mi primo ni yo sabíamos a que se refería con "jeta". Comenzaba a sentir algo de miedo, podía contra un enano. Pero, estos eran una decena, además tenían championes de marca.
Yo no quería empezar una batalla, nunca fui tan violento. Las pocas veces que en mis sueños, estuve en la guerra, ni siquiera tuve un arma. Era médico y sanaba las heridas de los soldados.
Todavía seguía pensando en la "jeta" y sus posibles significados mientras...
—Estos son mis amigos paraguayos.— expresó con tranquilidad Mauricio, nos estaba presentando ante los enanos. Estaba seguro de que al contarles nuestra nacionalidad, el Chuqui y su pandilla sentirían miedo y terminarían invitándonos helado en cucurucho. Yo también esperaba eso.
Luego comprendí que Mauricio y la pandilla del Chuqui eran aliados, lo cual me calmó totalmente. Habían sido compañeros de colegio, ahora, vivían en el mismo barrio. Ya no recuerdo que sucedió después, el susto me había borrado la mente.
El recuerdo más próximo que capturé fue cuando ya estaba en el bus. Mi hermanita dormía en el asiento, estábamos de regreso a Paraguay. Fue un viaje largo, creo que también yo dormía.
Meses después Mauricio me había pasado fotos de su familia por correo electrónico. Ahí lo vi al Chuqui de nuevo, esta vez solo, sin su pandilla. En la foto misma, me miraba con su cara de "te voy a partir la jeta", ya no me asustaba. Si lo vuelvo a ver, le voy a mostrar mi pandilla.
A usted, no le he contado aún sobre mi pandilla, le ruego que lo mantenga en secreto para que nadie se entere. Ni los miembros de mi pandilla deben enterarse de que forman parte de un grupo así.
Somos una pandilla diminuta: el burro Montoto, el perro Frodo, el tortugo Sandalio y yo. En otra ocasión prometo que le contaré más sobre mi pandilla, ahora ya no hay tiempo. Hace frío y tengo hambre.
—Definitivamente, hay tres arroces. El cuarto se esfumó y no dejo rastro alguno.— dije mientras miraba bajo la mesa.
—En realidad fue un día de locos.— concluí.
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En memoria de Ruby Fernandez Aguiar Q.E.P.D.
(todavía tengo que corregir un montón de cosas...)
Comentarios
Laura dice
Taguiar dice
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